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A veces, las palabras que aprendimos de niños nos van quedando estrechas. Cuando intentamos comprender los misterios más hondos —de dónde venimos, qué sentido tienen nuestras pérdidas y alegrías, o qué somos respecto a esa fuerza inmensa que llamamos Dios— las definiciones rígidas a menudo separan más de lo que unen.
Durante mucho tiempo me pregunté cómo explicarle a alguien, tal vez a un niño con ojos curiosos, la forma en que intuyo el universo sin caer en miedos ni dogmas lejanos. Y de pronto, la imagen llegó con una claridad serena: un inmenso pulpo cósmico.
En esta mirada, la Fuente creadora es el centro vital. No una figura distante sentada en un trono juzgando nuestros pasos, sino el núcleo consciente que late y sostiene todo lo que existe. Nosotros, las almas eternas, somos sus brazos: extensiones vivas que viajan por las profundidades del espacio y el tiempo. Cada brazo posee su propia capacidad de sentir, de explorar y de decidir en libertad; somos la autonomía en movimiento descubriendo los confines de la realidad.
A lo largo de esos brazos se encuentran las ventosas: nuestras vidas terrenales, las distintas etapas y encarnaciones. La ventosa es la que toca la roca, la que siente la corriente fría, la que experimenta la ternura de un abrazo, la risa compartida y también el peso del dolor. La ventosa no existe para mantenerse intacta ni para evitar el roce del mundo; existe para tocarlo todo. Y al hacerlo, envía de vuelta al centro el fruto de su experiencia, nutriendo la conciencia infinita del Todo.
El balance y el sentido del viaje
Para desplazarse por el océano, ningún ser puede apoyarse únicamente en la quietud; necesita empujar contra la resistencia del agua. Del mismo modo, el viaje de la existencia humana no está hecho de una luz plana ni de una felicidad estática. Necesita del contraste.
A menudo nos preguntamos por qué existen la dificultad, la pérdida o la sombra en este mundo. En esta analogía, el balance se vuelve evidente: la luz no tendría textura ni relieve sin la penumbra que la rodea. Cada brazo, en su autonomía, explora tanto las zonas iluminadas como los abismos más hondos. Las vivencias difíciles no son castigos ni errores de diseño; son las fuerzas que templan el espíritu, las que dan densidad y valor al amor que logramos construir en medio de la tormenta.
La conciencia universal no se alimenta únicamente de nuestras victorias sencillas; se enriquece de la compasión que nace tras el sufrimiento, de la paciencia aprendida en la incertidumbre y de la valentía de seguir amando a pesar de la ausencia. En ese vaivén constante entre lo suave y lo áspero, la vida encuentra su verdadera danza armónica.
La certeza de lo que no se pierde
La naturaleza guarda verdades silenciosas y profundas. En las profundidades del océano, una ventosa puede desgastarse al entrar en contacto con el fondo áspero, pero el brazo permanece vivo. Y si un brazo resulta herido o incluso se desprende en medio de una prueba, el pulpo no deja de existir. Su tejido vivo posee la capacidad de sanar, renovarse y volver a crecer.
Así también somos nosotros. Una vida terrenal puede completar su recorrido y soltar suavemente su vínculo con el mundo físico, pero eso no significa que la esencia que la habitó deje de existir. El brazo puede volver a crecer, pero no necesariamente como el mismo brazo: puede ser una nueva expresión de la misma criatura. De la misma manera, el alma puede volver a experimentar la existencia a través de otra vida, otro cuerpo, otra historia y otras circunstancias, llevando consigo la continuidad invisible de aquello que realmente es. El amor, los aprendizajes y la huella de cada experiencia quedan integrados para siempre en el tejido de la Fuente.
La partida terrenal nunca es un vacío definitivo; es una experiencia que se recoge y se atesora en el corazón del Todo. La encarnación cambia; la esencia permanece. La forma puede transformarse; la Fuente continúa. Y así, lo que desde nuestra limitada perspectiva parece una pérdida, desde la inmensidad del Todo puede ser simplemente otra transición dentro del eterno movimiento de la conciencia.
Por eso, cuando pienso en Matías, no pienso en algo que terminó. Pienso en una expresión de la Fuente que cambió de forma, pero cuya esencia continúa viva. Su amor, su luz y todo lo que despertó en nosotros siguen moviéndose dentro de esa corriente infinita. Y mientras esa corriente exista —mientras exista el Todo— Matías forma parte de ella, y de nosotros, para siempre.


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