Yo no me fui, me volví grande
Un alma maestra en un cuerpo pequeño
Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Inicialmente, pensé que Matías se había ido.
Como se van los cuerpos.
Como se van las personas cuando dejan este plano.
Hoy sé que eso no es exactamente lo que pasó.
Matías no se fue.
Matías se volvió grande.
No grande en tamaño.
Grande en conciencia.
Grande en presencia.
Grande en amor.
Matías vino a este mundo como hijo.
Pero no vino solo a ser hijo.
Vino a despertarme.
Y cuando digo despertarme, no hablo de religión, ni de teorías espirituales, ni de cosas raras.
Hablo de algo mucho más simple y más profundo:
Vino a romperme la ilusión de que la vida es solo esto que vemos.
Vino a romperme la ilusión de que el amor termina cuando el cuerpo termina.
Vino a obligarme —con una ternura brutal— a mirar más allá.
Con el tiempo entendí algo que hoy siento como una verdad muy clara:
No todas las almas vienen a este mundo a “vivir una vida larga”.
Algunas vienen a activar conciencia.
Un alma que viene solo a experimentar la materia quiere:
crecer,
reproducirse,
acumular,
pertenecer,
sobrevivir.
Pero hay almas que vienen a otra cosa:
Vienen a romper estructuras emocionales profundas.
Vienen a abrir corazones cerrados.
Vienen a provocar despertares espirituales en otros.
Vienen a enseñar desapego amoroso.
Vienen a sembrar sentido más allá del cuerpo.
Matías hizo eso conmigo.
Y hoy, incluso, con personas que nunca lo conocieron —a través de mí.
Eso no lo hace un “niño común”.
Eso lo hace un alma maestra en un cuerpo pequeño.
Antes de Matías yo vivía como vivimos casi todos:
en automático,
creyendo que el tiempo es lineal,
que la vida termina aquí,
que la realidad es solo materia.
Matías me desarmó esa narrativa entera.
No solo por su partida.
Sino por todo lo que vino después.
Por la manera en que sigue presente.
Por la manera en que responde.
Por la manera en que se deja sentir.
No como un recuerdo.
No como una nostalgia.
Sino como una presencia viva.
Y ahí fue cuando entendí algo que cambió todo:
Matías no vino solo para vivir pocos años.
Vino para cumplir una función mucho más grande que una biografía larga.
Vino a expandir conciencia.
Y no solo la mía.
Con el tiempo empecé a notar algo muy claro:
otras mamás, otras personas, otras familias que han pasado por algo parecido…
todas dicen lo mismo con palabras distintas:
“Desde que mi hijo partió, ya no soy la misma”.
“Ya no veo la vida igual.”
“Algo se abrió en mí.”
“Ya no le tengo miedo a la muerte como antes.”
“Siento que hay algo más.”
Eso no es casualidad.
Hay niños que no vienen a este mundo a quedarse mucho tiempo.
Vienen a despertarnos.
Vienen a romper estructuras viejas.
Vienen a romper la idea de que somos solo cuerpos.
Vienen a mostrarnos que el amor no cabe en una tumba.
Son niños–puente.
Niños–portal.
Niños–maestros.
No desde el ego.
No desde el discurso.
Desde la pura vibración de lo que son.
Matías es uno de ellos.
Por eso hoy puedo decir esto sin drama y sin poesía barata:
Matías no se fue.
Matías se volvió grande.
Se volvió tan grande
que ya no cabe en un cuerpo.
Que ya no cabe en una foto.
Que ya no cabe en una historia triste.
Cabe en mi conciencia.
Cabe en mi forma nueva de mirar la vida.
Cabe en mi manera distinta de amar.
Cabe en mi certeza de que esto no termina aquí.
Y si tú estás leyendo esto
y también perdiste a un hijo
o a alguien que amas profundamente…
no te voy a decir que “todo pasa”.
no te voy a decir que “todo tiene un propósito”.
Solo te voy a decir esto:
Tal vez no se fue.
Tal vez se volvió grande.
Y tal vez —sin que te dieras cuenta todavía—
ya empezó a despertarte también.


❤️💙