Ximena y Matías: Voy a ganar
Dos niños, una certeza, un amor que continúa
Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Hay historias que no se leen, se reconocen: llegan para acomodarte el corazón.
La de Ximena me tocó porque no intenta explicar lo inexplicable… solo lo ilumina.
Ximena tenía 10 años y vivió una batalla durísima: cáncer cerebral. Aun así, en medio de lo que parecía injusto, ella sostuvo una fuerza serena, como si por dentro ya supiera algo que nosotros, desde aquí, tardamos años en entender.
Su mamá, María Elena Carmona Rodríguez, escribió un libro —Voy a ganar: la vida no termina aquí, disponible en Amazon— como un acto de amor y memoria. En sus páginas aparecen detalles que se te quedan pegados al alma: el cuaderno, el lápiz, y esa manera tan suya de mirar hacia arriba, como buscando algo que no se ve, pero se siente. No era solo una mirada: era una presencia. Como si estuviera ocurriendo una conversación en silencio.
Y ahí fue cuando todo conectó con Matías.
Matías también nos habla de maneras que no siempre caben en palabras. A veces a través de señales pequeñas, a veces a través de sueños… a veces con ese sonido de la jirafa, que todavía hoy sigue sonando como un guiño, como si me dijera: “Mami, estoy aquí.”
Hay una escena que guardo como un tesoro: Matías y nosotros —Andrés y yo— jugando bingo con un bingo de animales de granja. Él sacaba las fichas y hacía algo que siempre nos llamaba la atención: lograba que ganáramos los tres al mismo tiempo. Y cuando pasaba, decía feliz: “¡Ganamos!”
Aplaudíamos, los tres. Era simple, era tierno… pero tenía una magia rara, como si él estuviera ensayando una verdad más grande.
Cuando Matías partió, esa palabra se quedó con nosotros. Y cuando hablamos con su energía, cuando lo sentimos cerquita, le decimos: “Hijo… ganaste.”
Porque sí: ganó. Ganó amor. Ganó luz. Ganó eternidad.
Y en lo profundo, Andrés y yo sentimos que un día volveremos a decir lo otro, lo que él ya practicaba sin que lo supiéramos: “Ganamos.”
Por eso la historia de Ximena me atravesó tanto. Porque su “voy a ganar” no suena a competencia ni a negación del dolor. Suena a certeza. Como si algunos niños —los que aman de una forma inmensa— vinieran con un conocimiento que a nosotros nos toma toda una vida recordar.
Y hay algo más.
En la última semana de Matías, Andrés y yo tenemos registros fotográficos que todavía me dejan sin aire: Matías mirando fijamente hacia arriba. En una foto, incluso, tiene una pequeña lágrima en un ojo.
Yo siento —de verdad lo siento— que en esos momentos su alma entraba y salía, como preparándose. Como si ya estuviera practicando el viaje… y al mismo tiempo, despidiéndose con una ternura inmensa.
Cuando leo a Ximena —su cuaderno, su lápiz, su mirada hacia arriba— siento que la vida, a veces, nos regala ecos. Dos historias distintas, dos niños distintos, pero un mismo idioma: el del amor que no se apaga.
Hoy solo quiero dejar esto aquí, como quien deja una velita encendida:
Ximena y Matías… “Voy a ganar.”
Porque quizás “ganar” no era quedarse.
Quizás “ganar” era enseñarnos a amar sin miedo, incluso después.
Y recordarnos que, cuando el amor es verdadero, la ausencia no tiene la última palabra.


❤️💙