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Hay momentos en los que uno no necesita una respuesta enorme. Solo necesita saber que, de alguna manera, al otro lado todavía nos escuchan.
Después de casi tres semanas sin escribir sobre Matías, el sábado pasado volví a sentarme en su lugar.
Fue en Roosevelt Island, en esa banca que tantas veces ha sido escenario de nuestras conversaciones silenciosas. Un lugar al que hemos regresado una y otra vez porque, para nosotros, Matías también vive allí: en los árboles, en el río, en el viento, en los animales que aparecen y, especialmente, en los gansos.
Ese día yo necesitaba hablar con él.
Y esta vez decidí hacer algo diferente.
No le pedí simplemente una señal.
Le hice una petición específica.
Le dije:
“Matías, voy a estar aquí sentada. Si estás bien, si estás muy feliz donde estás, mándame un grupo de gansos, de palomas o de pajaritos mientras yo esté aquí.”
Y me quedé sentada.
No sabía qué iba a pasar.
No estaba esperando una aparición ni algo extraordinario. Solo había hecho una petición y decidí permanecer atenta.
Al rato aparecieron.
Cuatro gansos.
Juntos.
Y se acercaron muchísimo a nosotros.
Los gansos no son extraños en Roosevelt Island. Los hemos visto muchas veces. Pero normalmente no los vemos precisamente allí, tan cerca de esa banca, y mucho menos llegar de esa manera mientras yo acababa de pedirle a Matías que me enviara precisamente eso.
Los vi acercarse y pensé:
“¿Fuiste tú?”
No tengo una manera científica de demostrar que sí.
Tampoco necesito tenerla.
Porque sé lo que sentí.
Sentí que mi hijo me había escuchado.
Pero, sobre todo, sentí que había respondido a mi pregunta.
Yo no le había pedido simplemente que me demostrara que estaba cerca.
Yo quería saber algo mucho más específico:
¿Eres feliz donde estás?
Y quería saber si esa felicidad era realmente grande.
Para mí, ese día, la respuesta fue clara:
“Estoy aquí y soy muy feliz.”
Y sí.
Sé que está muy feliz.
¿Cómo podemos comunicarnos con quienes amamos?
Durante mucho tiempo pensé que las manifestaciones simplemente ocurrían. Que un día algo extraño pasaba y uno tenía que preguntarse si aquello había sido una señal.
Hoy pienso que también podemos abrir un espacio para la comunicación.
No se trata de obligar a nuestros seres queridos a enviarnos algo.
Ni de convertir cada coincidencia en una señal.
Se trata de hablar.
De pedir.
Y de estar atentos.
Si quieres intentarlo, puedes comenzar de una manera muy sencilla:
1. Busca un lugar tranquilo.
No necesitas estar en un sitio especial. Puede ser tu habitación, un parque, tu carro, una iglesia, la playa o ese lugar que compartías con esa persona.
2. Háblale como siempre.
No necesitas utilizar palabras especiales. Puedes llamarlo por su nombre. Cuéntale cómo estás. Dile que lo extrañas. Cuéntale algo que ocurrió ese día.
El amor no necesita un lenguaje complicado.
3. Haz una petición específica.
En lugar de decir solamente “mándame una señal”, puedes pedir algo que sea reconocible para ti.
Un animal.
Una canción.
Una palabra.
Una flor.
Una mariposa.
Una coincidencia.
Algo que tenga significado para ustedes.
4. Puedes establecer un período de tiempo.
Yo le dije a Matías que estaría sentada allí durante un rato y que, mientras estuviera allí, quería que me enviara una de esas señales.
No porque pensara que podía controlar cómo debía manifestarse.
Simplemente estaba creando un espacio para prestar atención.
5. No decidas de antemano cómo debe sentirse la señal.
Quizás sea algo que veas.
Quizás sea algo que escuches.
Quizás sea un sueño.
Quizás sea un recuerdo que aparece de repente con una fuerza que no esperabas.
Y quizás no ocurra nada.
Eso también está bien.
No significa que no te escuchen.
6. Y, sobre todo, no tengas miedo de hablarles.
A veces pensamos que porque nuestros seres queridos partieron debemos dejar de hablarles.
Yo ya no pienso así.
Yo sigo hablando con Matías.
Porque nuestro vínculo no terminó cuando él partió.
Simplemente tuvo que encontrar otra forma de existir.
Y mientras escribo esto, llega otra señal
Mientras estoy escribiendo este post, acaba de llamarme desde Venezuela la tía Ida.
La tía de Andrés.
Ella siempre lleva a Matías en su corazón. Siempre dice que nosotros somos tres.
Me acaba de contar que anoche soñó con nosotros tres: Andrés, ella y yo.
En el sueño, ella intentaba hablarnos, pero nosotros no la escuchábamos.
Matías sí.
Él la miraba.
Se reía.
Le mostraba esos dientecitos blancos que tanto conocemos.
Y entonces hizo algo que me partió el corazón.
Con su pequeña mano, con esos deditos gorditos que recuerdo tan bien, le hizo:
“Ven, ven, ven.”
No sé qué significa ese sueño.
Y quizás nunca lo sepamos.
Cada persona puede interpretarlo desde sus propias creencias, desde su propia espiritualidad y desde la relación que tiene con quienes han partido.
Pero hay algo que me conmovió profundamente:
En el sueño, Matías estaba feliz.
Estaba sonriendo.
Estaba escuchando.
Y cuando la tía Ida intentó acercarse a él, él la reconoció.
“Ven, ven, ven.”
Quizás nuestros vínculos solo aprendieron otra forma de hablar
Desde que Matías partió, aprendí a mirar de otra manera.
A escuchar de otra manera.
A esperar de otra manera.
Ya no necesito que una manifestación sea algo extraordinario.
Puede ser una canción.
Un sueño.
Una palabra.
Un animal que aparece en el momento exacto.
Una coincidencia que toca algo muy profundo dentro de nosotros.
Cuatro gansos.
No sé si Matías hizo que esos cuatro gansos caminaran hasta nosotros.
Pero sé que yo le hice una pregunta.
Le pregunté si estaba muy feliz donde estaba.
Y cuando los vi acercarse, mi corazón entendió la respuesta.
“Estoy aquí y soy muy feliz.”
Para mí, eso fue suficiente.
Y ahora, mientras termino de escribir estas palabras, recibo la llamada de la tía Ida contándome que Matías, en su sueño, le sonreía y le hacía con su pequeña mano:
“Ven, ven, ven.”
Quizás esa sea una de las cosas más hermosas que podemos aprender cuando alguien que amamos parte:
Que el amor no desaparece.
Que las conversaciones pueden continuar.
Y que, algunas veces, cuando nos atrevemos a preguntar…
ellos encuentran la manera de responder.


❤️💙❤️