Un safari para agradecer
Cuando las cebras, las jirafas y los leones cuentan una historia que comenzó muchos años atrás.
Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Hay regalos que parecen pequeños cuando se entregan.
Una cebra.
Un león.
Un animal de peluche.
Un detalle pensado para arrancarle una sonrisa a un niño.
Pero el amor con que se entrega un regalo nunca es pequeño.
Durante años, Luisa llenó de alegría la vida de Matías con detalles que sabía que él amaba. Le regaló su cebra favorita y muchos otros figurines de animales que todavía conservamos con cariño.
Esta semana, mientras atravesaba un momento difícil, llegó a su trabajo sin imaginar lo que la esperaba.
Sus compañeros le habían preparado una celebración por sus 25 años de servicio.
Y allí estaban.
La cebra.
La jirafa.
El león.
El safari completo.
Cuando vio todo aquello, se emocionó hasta las lágrimas.
Quizás para otros fue simplemente una decoración hermosa.
Para nosotros fue imposible no reconocer a Matías.
Porque si algo sentimos al ver esas imágenes fue GRATITUD.
La gratitud de un niño que amó profundamente cada uno de esos regalos.
La gratitud por una mujer que siempre tuvo tiempo para hacerlo sonreír.
La gratitud por alguien que sembró alegría sin imaginar cuánto permanecería en el tiempo.
No sabemos explicar todos los caminos que toma el amor.
Pero sí sabemos reconocer la gratitud cuando aparece.
Y esta semana, la vimos reflejada en cebras, jirafas, leones y lágrimas de emoción.
Gracias, Luisa.
💙
La fidelidad era una de las cualidades más hermosas de Matías.
Cuando su querida cebra perdió la cola y comenzó a mostrar las huellas de tantos años de amor y aventuras, Luisa le regaló otra exactamente igual. Pero Matías siguió eligiendo la original. La nueva era hermosa, pero para él no era la misma, porque Matías no amaba las cosas por cómo lucían, sino por la historia que compartía con ellas.
Una vez incluso la perdió.
Habíamos caminado desde casa hasta un Mall, cerca de 1 milla, cuando nos dimos cuenta de que la cebra ya no estaba con nosotros. Matías se desesperó. Sin pensarlo dos veces, emprendimos el camino de regreso recorriendo el mismo trayecto, esperando encontrar alguna pista.
Y allí estaba.
Al lado de un poste de madera.
Alguien la había encontrado y la había dejado cuidadosamente en un lugar visible para que pudiera regresar a las manos de su dueño.
Cuando Matías la vio, su alegría fue indescriptible.
Aquella cebra volvió a casa.
Y desde ese día, si era posible, la amó todavía más.
Y cuando ya había terminado de escribir estas líneas sobre la cebra de Matías, ocurrió algo que nos hizo sonreír.
Andrés levantó la vista hacia la ventana de nuestra habitación y me dijo:
“Ven a ver esto. Parece una cebra.”
En la malla de la ventana se habían formado unas rayas que recordaban sorprendentemente a una cebra. Andrés vio una grande. Yo descubrí otra más pequeña.
Quizás siempre estuvieron allí.
Quizás nunca las habíamos notado.
Pero después de pasar horas recordando la historia de su querida cebra, hablando de Luisa y de la fidelidad de Matías hacia aquel compañero de aventuras que lo acompañó durante años, fue imposible no detenernos a mirar.
No sabemos explicar todos los caminos que toma el amor.
Pero sí sabemos que, a veces, los recuerdos encuentran formas inesperadas de hacernos sonreír.
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