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Algunos sueños son simplemente sueños. Y luego están esos sueños que se sienten diferentes. Con el tiempo he aprendido que los sueños también pueden ser una forma de comunicación. No todos los sueños tienen el mismo significado, pero hay algunos que llegan con una claridad y una presencia que no se sienten como el resultado de lo que pensamos durante el día. Son experiencias que tienen otra textura, otra profundidad. Y cuando despiertas, sabes que algo ocurrió.
Eso fue lo que me pasó hace dos noches.
Soñé con Matías. En el sueño me decía: “Mamá, enséñame a vestirme”. Yo le enseñaba a ponerse un pequeño short. Hay detalles de ese momento que prefiero guardar para mí, pero recuerdo perfectamente la sensación de estar nuevamente en ese lugar tan conocido: ser su mamá, ayudarlo, enseñarle algo tan sencillo como vestirse.
Después tuve otro sueño.
Un águila enorme apareció dentro de una casa. Pertenecía a una mujer y, al principio, me asustó. Era demasiado grande, demasiado imponente. Pero el águila terminó sobre mí. Yo estaba sentada en un sofá y ella se quedó allí, tranquila, sobre mi cuerpo. Poco a poco dejé de sentir miedo y comencé a tocarla.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño y hermoso. El águila acercó su pico a mis cejas, como si las estuviera peinando. No había agresividad en ella. Al contrario: había una especie de intimidad, como si aquella criatura enorme y poderosa se sintiera completamente cómoda conmigo.
Más tarde apareció un hombre. El águila tomó sus lentes con el pico y se los puso. Le quedaban perfectamente.
Cuando desperté, no tuve la sensación de haber tenido simplemente un sueño extraño. La sensación fue mucho más profunda: esto se vivió. No simplemente se soñó. Se vivió.
Mientras se lo contaba a Andrés, miré mi teléfono.
Eran las 10:08.
Las 10:08 es la hora en que partió Matías.
Para mí, eso no fue una coincidencia. Fue una sincronicidad. Una de esas pequeñas piezas que aparecen en el momento exacto y que, cuando has aprendido a reconocer el lenguaje del más allá, sabes que forman parte del mensaje.
No necesito tener una explicación racional para cada detalle. Tampoco necesito demostrarle a nadie lo que significan estas experiencias. Yo sé lo que he vivido y sé que la comunicación con el más allá existe.
Con el tiempo he entendido, además, que esa comunicación no necesariamente ocurre de la misma manera para todos.
Mi papá, por ejemplo, tiene conmigo un lenguaje que se manifiesta principalmente a través de los sueños. Esa historia ya la he contado en otros textos en este blog.
Con Matías ha sido diferente. Su lenguaje ha aparecido de muchas maneras: una jirafa haciendo un sonido particular, un animal, una palabra, un video, alguien que me llama para contarme que tuvo una experiencia relacionada con él, o una sincronicidad que aparece exactamente cuando tiene que aparecer.
He aprendido a reconocerlas.
Y creo que eso es parte de lo que ocurre cuando alguien que amamos parte: nosotros también comenzamos a aprender un nuevo idioma.
No es un idioma que alguien nos enseña. Lo vamos reconociendo. Al principio quizás no sabemos qué hacer con ciertas experiencias. Después empezamos a notar patrones, símbolos, momentos que se repiten y formas particulares en las que esa persona parece acercarse a nosotros.
Y una vez que comienzas a reconocer ese lenguaje, ya no puedes dejar de verlo.
Por eso el águila se quedó conmigo.
Un águila ya tiene una visión extraordinaria. Puede ver desde distancias que nosotros ni siquiera podemos imaginar. Y, sin embargo, en mi sueño necesitaba lentes.
Eso me hizo pensar en mi propia manera de mirar.
Siempre he sentido que tengo mucha capacidad para observar. Detecto rápidamente un error, una contradicción o un patrón. Puedo mirar una situación y encontrar algo que no encaja. Pero quizás tener visión no significa solamente ver más. Quizás también significa aprender a cambiar la perspectiva.
El águila ya podía ver perfectamente. Y aun así, se puso unos lentes.
Tal vez el mensaje no era “necesitas ver más”.
Tal vez era: “Aprende a mirar de otra manera.”
Quizás esa sea una de las cosas que el lenguaje con el más allá nos enseña. No solamente a estar atentos a las señales, sino a ampliar nuestra manera de percibirlas.
Porque cuando alguien que amamos parte, la relación no necesariamente termina. Cambia de forma.
Y nosotros cambiamos con ella.
Aprendemos a escuchar de otra manera. A mirar de otra manera. A reconocer aquello que antes habríamos llamado casualidad y que ahora sabemos que es una sincronicidad. Aprendemos que un sueño puede ser mucho más que una mezcla de recuerdos y pensamientos.
Hay sueños que simplemente pasan.
Y hay sueños que llegan para quedarse.
Este fue uno de ellos.
¿Puede un sueño sentirse diferente de un sueño?
Yo creo que sí.
Y quizás la verdadera pregunta no sea de dónde viene el sueño, sino si estamos dispuestos a aprender a reconocer el lenguaje cuando el más allá decide hablarnos.
¿Alguna vez has tenido un sueño del que despertaste pensando: “Esto fue diferente”?


❤️💙❤️