Matías y Lucas: Dos niños, Nueve años y un Amor Eterno
¿Qué hacemos con el amor cuando la muerte llega?
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Hace unas semanas, una imagen recorrió las redes sociales y provocó todo tipo de comentarios.
Era el cumpleaños de Lucas.
Lucas cumplía 9 años.
Pero Lucas no estaba en una fiesta.
No estaba soplando las velas rodeado de sus amigos.
No estaba abriendo regalos.
Lucas estaba atrapado bajo los escombros, después del doble terremoto que devastó La Guaira en Venezuela.
Y mientras sus padres esperaban, desesperadamente, que los equipos de rescate pudieran encontrarlo con vida, decidieron cantarle cumpleaños.
Le llevaron una torta.
Le cantaron.
Celebraron sus 9 años.
Y algunas personas los criticaron.
Los juzgaron.
Se preguntaron cómo podían estar celebrando un cumpleaños en medio de una tragedia.
Yo, en cambio, me pregunto algo diferente:
¿Quién tiene derecho a decirle a unos padres cómo deben amar a su hijo?
Ellos no estaban celebrando la muerte de Lucas.
Estaban celebrando su vida.
Estaban celebrando sus nueve años.
Estaban diciendo, quizás con la única fuerza que les quedaba:
Lucas, aquí estamos.
No te olvidamos.
Hoy es tu cumpleaños.
Seguimos esperando por ti.
Y quizás esa torta no era una celebración.
Quizás era esperanza.
Quizás era amor.
Quizás era la manera que encontraron sus padres de seguir siendo mamá y papá mientras esperaban, en medio de una tragedia inimaginable, que su hijo pudiera regresar a sus brazos.
Al día siguiente, Lucas fue encontrado sin vida.
Y entonces pensé en Matías.
Mi Matías.
El 26 de julio cumplió 9 años.
Lucas cumplió 9 años el 6 de julio.
Dos niños.
Dos historias completamente diferentes.
Dos cumpleaños.
Dos familias atravesadas por el amor más grande que existe y por un dolor que ningún padre debería tener que conocer.
Lucas y Matías nunca se conocieron en el plano físico.
Pero hoy los siento unidos por algo que va más allá de sus historias.
Los dos cumplieron 9 años.
Los dos fueron profundamente amados.
Y los dos tienen madres que, de maneras diferentes, han tenido que aprender a vivir en un mundo donde sus hijos ya no están físicamente presentes.
La mamá de Lucas, además, es psicooncóloga y acaba de especializarse para acompañar precisamente a pacientes y familias durante el proceso de la enfermedad, tratamiento y duelo.
Pienso en eso y me conmueve profundamente.
Porque a veces la vida nos lleva a lugares que jamás habríamos elegido.
Y quizás, algún día, su experiencia, su conocimiento y su propio corazón puedan convertirse en refugio para otras familias.
No porque el dolor la haga más fuerte.
Sino porque conoce, desde adentro, el territorio que otros apenas comienzan a recorrer.
Yo sé que hay personas que todavía no entienden por qué algunas madres seguimos celebrando los cumpleaños de nuestros hijos después de su muerte.
¿Por qué ponemos sus fotos?
¿Por qué escribimos sobre ellos?
¿Por qué decimos “feliz cumpleaños”?
¿Por qué encendemos velas?
¿Por qué compramos flores?
¿Por qué seguimos hablando de ellos?
La respuesta es sencilla.
Porque seguimos siendo sus madres.
La muerte cambió nuestra maternidad.
Cambió nuestras vidas.
Cambió la manera en que abrazamos, recordamos y celebramos.
Pero no cambió el hecho de que ellos existieron.
No cambió el amor.
No borró sus cumpleaños.
No borró sus nombres.
No borró los nueve años que vivieron.
Y quizás eso es algo que nuestra sociedad todavía no sabe cómo aceptar.
Queremos que el duelo tenga reglas.
Queremos saber cuándo alguien debe llorar y cuándo debe dejar de llorar.
Cuándo puede sonreír.
Cuándo puede hablar de su hijo.
Cuándo debe guardar silencio.
Qué está permitido hacer y qué no.
Pero el duelo no funciona así.
No existe una manera correcta de extrañar.
No existe una manera correcta de recordar.
No existe una manera correcta de celebrar la vida de alguien que ya no está.
Una torta puede ser duelo.
Una canción puede ser duelo.
Una fotografía puede ser duelo.
Una sonrisa puede ser duelo.
Un cumpleaños puede ser duelo.
Y decirle “feliz cumpleaños” a un hijo que ya no está también puede ser una de las formas más profundas de decir:
“Tu vida física importó.”
“Tu existencia importa.”
“Te sigo amando.”
Quizás el problema no es que algunas personas celebren el cumpleaños de sus hijos después de su muerte.
Quizás el problema es que todavía vivimos en una sociedad que no sabe qué hacer con el amor cuando la muerte física llega.
Porque creemos que cuando alguien ya no está, debemos dejar de hablar de esa persona.
Dejar de nombrarla.
Dejar de celebrar su vida.
Como si recordar fuera aferrarse al pasado.
Como si amar después de la muerte fuera no avanzar.
Pero yo he aprendido que no es así.
Yo puedo seguir viviendo.
Puedo reír.
Puedo hacer planes.
Puedo amar.
Puedo avanzar.
Y al mismo tiempo puedo celebrar los 9 años de mi hijo.
Puedo decir:
Feliz cumpleaños, Matías.
Y puedo pensar en Lucas.
En sus 9 años.
En sus padres.
En esa torta.
En esa canción.
En ese amor que se negó a desaparecer, incluso en medio de los escombros.
Porque quizás eso es lo que hacemos con el amor cuando la muerte llega.
No lo dejamos morir.
Aprendemos a llevarlo de otra manera.
Y quizás por eso, aunque nuestros hijos ya no estén físicamente aquí, sus cumpleaños siguen llegando.
Y nosotros seguimos celebrando.
No porque no sepamos que ya no están.
Sino porque sabemos que vivieron.
Porque son amados.
Porque existen.
Porque son nuestros.
Y porque el amor, ese amor inmenso que sentimos por ellos, no termina cuando termina la vida.
El amor no muere.
Cambia de forma.
Pero permanece.
Feliz cumpleaños, Matías.
Feliz cumpleaños, Lucas.
Nueve años.
Dos niños eternamente amados.
Y dos madres que, cada una a su manera, siguen diciendo:
Aquí estás.
Aquí perteneces.
Aquí te seguimos amando.

