Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Hay encuentros que parecen minúsculos a simple vista, hasta que uno aprende a mirar con el corazón.
Ocurrió en casa de mi vecina Luisa. De pronto, en medio de la cotidianidad de su hogar, apareció un pequeño ser verde. Entró sin que ella supiera por dónde y, más tarde, se marchó de la misma forma misteriosa, sin dejar rastro de su salida.
Luisa no sabía con exactitud qué criatura era; al ver su color tan vivo y su silueta delicada, pensó que se trataba de una especie de pajarito silvestre. Y, movida por una ternura instintiva, comenzó a hablarle.
Fue entonces cuando ocurrió algo que me dejó sin aliento.
Luisa lo miró y le preguntó en voz baja:
—¿Eres Matías?
En ese instante, el pequeño visitante alzó una de sus patas delanteras.
Conmovida por el gesto, ella continuó:
—¿Quieres mandarle un mensaje a tu mamá Nubia?
Y el animalito, como si comprendiera cada palabra, levantó ambas patas.
Luisa grabó todo el momento en video y me lo envió. Al reproducirlo, me quedé contemplando aquel cuerpo diminuto, sus patas finas y largas, sus alas idénticas a una hoja tierna. Y al investigar qué era, descubrí un detalle que transformó la anécdota en una revelación:
No era simplemente un insecto verde.
En muchas partes de América Latina a este tipo de katídido se le conoce, popularmente, como una esperanza.
¿Cómo no escuchar en esto la voz serena de la vida?
Para mí, las casualidades no existen; creo profundamente en las sincronicidades. Llegan vestidas de maneras que la mente lógica tarda en descifrar. A veces toman la forma de pájaros libres, de palomas blancas, de flores azules en lugares inesperados o de números que se repiten con insistencia.
Y esta vez, la señal se presentó a través de una pequeña criatura que alguien confundió con un ave, que apareció de la nada, que respondió con movimientos precisos al escuchar el nombre de mi amado Matías... y que llevaba, grabada en su propia naturaleza, la palabra esperanza.
Para mí, esto no es una coincidencia menor. Es esa clase de instante sagrado en el que el tiempo se detiene y el alma descansa.
Porque la esperanza no significa esperar con angustia que las cosas vuelvan a ser como antes. Para mí, la esperanza es la certeza profunda de que el amor no se extingue cuando la materia se transforma. Es confiar en que quienes amamos continúan encontrando grietas de luz para saludarnos, recordándonos que están más cerca de lo que nuestros ojos humanos alcanzan a ver.
A veces, la eternidad solo necesita de una pequeña hoja viva que sepa levantar sus patas para recordarnos que seguimos juntos.

