Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Hay encuentros que parecen pequeños hasta que uno presta atención. Esta semana, el mensaje no llegó directamente a mi puerta, sino a través del jardín de mi vecina Icela.
Icela me llamó con una emoción palpable. En su planta de ruda, símbolo ancestral de sanación y protección, se había instalado una oruga hermosa y llena de vida. Fascinada por la criatura, la observó y la cuidó durante días, hasta que la ausencia la sorprendió. Con ternura y cierta nostalgia, me contó: “Nubia, qué extraño... la oruga se fue y dejó la hoja sola, pero me dejó dos hijos”. Acto seguido, me compartió conmovida las fotos de dos diminutas orugas brotando justo en la misma rama.
Yo miré aquellas fotos y sonreí. Comprendí el misterio que Icela no había imaginado.
—No se fue, Icela —le dije—:Se convirtió en mariposa.
Ella se quedó atónita. “¿Qué? ¿Cómo así?”, preguntó sin salir de su asombro.
Le expliqué que la oruga no desapareció; simplemente completó su ciclo de vida y transformación, extendió sus alas y pasó a una dimensión más ligera. No hubo ausencia, sino una metamorfosis.
Lo que Icela vio como una “hoja vacía” fue, en realidad, el lugar de nacimiento de un vuelo infinito.
Esta reflexión me conmovió profundamente. Icela es una mujer marcada por pérdidas muy duras: su madre, un hermano y otros seres queridos arrebatados por la violencia en Ecuador. Siendo evangélica, su religión suele enseñarle a mirar estas cosas con reserva o desconfianza. Y aunque a veces el corazón le gana al dogma, como cuando ha dejado escapar destellos de conexión con nuestro Matías, me resultaba extraño que no reconociera con más frecuencia las presencias de quienes partieron, como si su propia doctrina le impidiera verlas con libertad. Y entonces comprendí que todos tenemos nuestro propio tiempo para despertar.
A veces la pena es tan pesada que nos nubla la vista y nos impide ver las señales sutiles que la vida nos envía. Nos acostumbramos a mirar la “hoja vacía” de la ausencia, creyendo que la vida simplemente se detuvo.
Pero Matías nos recordó, a través del jardín de Icela, la mayor metáfora de la existencia: la oruga no muere, sino que se transforma. La vida no termina, simplemente aprende a volar.
Al abrirse a la belleza de esa pequeña criatura en su mata de ruda, Icela pudo, sin saberlo, presenciar la eternidad. Pudo ver cómo la vida, incluso después de un aparente “irse”, engendra nueva vida y deja huellas de amor que siguen creciendo.
Justo mientras escribía estas líneas, Icela me envió nuevas fotos. Las “oruguitas bebés” ya están grandes. Están creciendo fuertes en la ruda.
Matías no me dio una señal directa esta semana porque estaba tejiendo este mensaje completo a través de la mirada de Icela. Me recordó que la transformación es real y eterna como el vuelo de la mariposa, y que la vida jamás se detiene: siempre se renueva y florece en cada nuevo comienzo.
Y lo más hermoso de todo: me recordó que la esperanza siempre encuentra la manera de abrazarnos, brotando con suavidad en los rincones más cotidianos cuando el corazón aprende a mirar.
Gracias, mi amado Matías💙. Y gracias a ti, Icela, por tu ruda, tu dulzura y tus ojos.


Buenos días , historias bellas que vivimos. Matías siempre presente 💝 en nuestras vidas manifestándose con amor ❤️ y siempre recordándonos que el estás pendientes de sus tías aquí , bella historia que nos reafirma que su cuerpo murió pero su alma viva con intensidad y muchos ❤️ amor ❤️🙏🙏🙏🙏♥️
💙💙