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A veces pensamos que la partida es un corte abrupto, una puerta que se cierra de golpe en una sola fracción de segundo. La mente humana, acostumbrada a los límites del tiempo y del cuerpo, suele concebir la muerte como una frontera tajante entre estar y no estar.
Sin embargo, el alma no opera con esa prisa.
Lo supe de cerca con Matías. En aquellos días en que su cuerpo aún permanecía en este plano, con sus ojitos abiertos mirando hacia un horizonte invisible, yo sentía con absoluta nitidez que él ya no estaba del todo allí. Su presencia entraba y salía; tocaba la materia, acariciaba mi regazo y luego se elevaba hacia una dimensión más amplia, como quien prueba la temperatura de un agua mística antes de sumergirse entero. El alma no despega de un solo tirón: ensaya su vuelo, se familiariza con la ingravidez y va desatando con infinita delicadeza cada hilo que la sujeta a la tierra.
Es exactamente lo que la naturaleza nos enseña con la metamorfosis, aunque pocas veces nos detenemos a mirarla sin afán.
Toda esta semana los mensajes han llegado tejiéndose como una danza perfecta. Primero fue en la discreción del hogar, en la mata de ruda de mi vecina Icela, donde unas diminutas orugas nos recordaron que la aparente pérdida de una forma no es más que el inicio de una vida alada. Pero el universo tenía preparado un escenario mucho más vasto para confirmar la verdad.
A miles de kilómetros de Nueva York, mi amiga María caminaba por un sendero en Nuevo México cuando se topó con una escena sobrecogedora: un imponente sauce que parecía tocar la tierra con sus ramas, que no solo mecía hojas con el viento, sino cientos de mariposas monarca que acababan de emerger de su crisálida.
Al inicio estaban todas agrupadas, aferradas a la corteza en densos racimos silenciosos. María se detuvo a contemplarlas y notó cómo abrían sus alas temblorosas, despegaban apenas unos centímetros, flotaban en círculos breves y volvían a posarse con cuidado sobre la rama. María enseguida conectó con el post anterior sobre las orugas en la ruda de Icela y me llamó para mostrarme ese hermoso momento.
«Míralas, Nubia... vuelan y se vuelven a pegar. No se van de golpe. Están experimentando, tanteando la ligereza y aprendiendo el viaje antes de soltarse por completo».
Esa frase me atravesó el corazón. Era el reflejo exacto de lo que viví junto a mi hijo. Ese árbol era el regazo protector donde las almas descansan mientras sus alas cobran firmeza; ese vaivén entre posarse y flotar es el tránsito sagrado donde la energía se despide del capullo sin miedo, sabiendo que su destino es el cielo abierto.
Y como si hiciera falta una confirmación de que la creación escucha y responde, ocurrió la magia del diálogo. María estuvo largo rato esperando verlas elevarse juntas. Al ver que permanecían quietas y apiñadas, se dio por vencida y dijo en voz alta: «Bueno, ya no quieren volar, me voy». Fue apenas dar la vuelta cuando el árbol entero despertó en un aleteo dorado. Como respondiendo a su palabra, comenzaron a danzar en el aire, obligándola a regresar sobre sus pasos para capturar ese instante sagrado en video. Las señales no son mudas: dialogan con la intención sincera del corazón.
La sincronicidad no terminó ahí. Hoy, mientras me siento a escribir estas mismas líneas, María volvió a visitar aquel rincón en Nuevo México. El panorama había cambiado por completo: ya no estaban en hilera, apretadas en la corteza como ayer. Hoy ya no necesitaban la rama. El cielo estaba lleno de ellas, dispersas en un vaivén libre y luminoso, abrazando por completo el espacio abierto.
Ayer ensayaban; hoy son vuelo puro.
La partida física nunca es un vacío desolador. Es este mismo proceso: un alma amada que primero ensaya su vuelo a nuestro alrededor, que roza nuestros días con señales sutiles mientras se acostumbra a la inmensidad, y que finalmente despliega sus alas eternas en una libertad que ya ningún dolor puede tocar.
Matías sigue aquí, no atado a la rama del cuerpo, sino expandido en la brisa de cada paisaje que se atreve a recordarnos que el amor jamás cae: solo aprende a volar.
Cuando creía que este mensaje ya estaba completo, sonó el teléfono. Era Icela por videollamada, con el rostro iluminado de asombro y el corazón desbordado:
«¡Nubia, nació! ¡La mariposa acaba de nacer!».
Al mirar la pantalla, me quedé sin aliento. Sucedió hoy, miércoles —el día en que nació Matías y también el día en que partió, el mismo día que decidí compartir estos escritos—. Y al contemplar a la criatura posada en su mano, vi que llevaba en sus alas nuestros colores favoritos: el azul de Matías y mi amarillo y naranja, entrelazados en un terciopelo negro perfecto.
Conmovida hasta las lágrimas, le dije: «Sí, Icela... abre la ventana y déjala volar».
Y así lo hizo. Abrió el marco y la vimos entregarse con suavidad al cielo abierto de Nueva York.
El círculo no solo se cerró: se iluminó por completo ante nuestros ojos. No hubo pérdida, ni vacío, ni prisa. Hubo un miércoles sagrado, nuestros colores abrazados en un par de alas, y la certeza eterna de que el amor no termina... solo espera el instante exacto para volar.
Gracias, mi amado Matías 💙.


Que poderoso y real post 💙🦋
❤️💙❤️ “SAUCE” sus abuelos! ❤️❤️