Donde los abrazos siguen existiendo
Sobre esos sueños que se sienten reales… y la posibilidad de volver a encontrarnos mientras dormimos
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Anoche soñé contigo.
No fue un sueño cualquiera.
No fue borroso, ni lejano, ni confuso.
Fue de esos que se sienten… reales.
Te sentí cerca, Matías... pude abrazarte.
Y en ese abrazo no había ausencia,
no había enfermedad,
no había despedidas.
Solo estábamos tú y yo,
como siempre— juntos.
Hay sueños que parecen más que sueños.
Sueños donde el tiempo se disuelve
y el corazón reconoce algo que la mente no necesita entender.
A veces pienso que cuando dormimos,
algo en nosotros se suaviza,
se abre, y encuentra caminos que durante el día no vemos.
Como si el alma recordara rutas
que el cuerpo ha olvidado.
No sé explicarlo.
No sé ponerle nombre exacto.
Pero sé lo que sentí.
Te sentí cerca.
Te sentí en paz.
Te sentí… como antes.
Y me quedo con eso.
Con la certeza íntima —aunque no tenga pruebas—
de que el amor no se interrumpe,
de que hay encuentros que no dependen del mundo físico,
de que hay abrazos que siguen existiendo en algún lugar.
Quizás los sueños no son solo sueños.
Quizás son pequeñas ventanas,
momentos prestados,
regalos silenciosos.
O quizás…
solo son la forma más pura que tiene el corazón de volver a casa.
Sea lo que sea, gracias por encontrarme ahí. Siempre voy a estar dispuesta a soñarte.
“Y gracias, hijo, por lo que me dijiste… tú y yo sabemos lo que significa.”

