Cuando estamos rotos… pero no solos
La paradoja del duelo y las piezas que nos vuelven a unir
Este post está disponible también en inglés. Puedes leerlo aquí
Hay momentos en los que la vida se rompe.
No metafóricamente.
No de forma suave.
Se rompe de verdad.
Como algo que cae al suelo y se hace pedazos,
y uno se queda ahí… mirando…
sin saber por dónde empezar a recoger.
El duelo tiene esa cualidad.
No solo duele.
Desordena.
Desarma.
Reconfigura todo lo que creías que era seguro.
Y durante mucho tiempo, la sensación es una sola:
estoy rot@.
No hay mucho más que decir.
No hay forma de maquillarlo.
No hay manera de entenderlo.
Pero este fin de semana…
algo se movió distinto.
Estábamos rodeados de piezas.
Fragmentos de cerámica, de papel, de recuerdos, de palabras.
Nada completo.
Nada perfecto.
Y sin embargo… todo tenía sentido.
Porque, sin darnos cuenta, empezamos a hacer algo profundamente humano: unir.
No para volver a lo que era.
No para “arreglar” lo irreparable.
Sino para crear algo nuevo a partir de lo que quedó.
Como en el kintsugi,
esa práctica japonesa que repara lo roto con oro,
no escondiendo las grietas…
sino haciéndolas parte de la belleza.
Y entonces entendí algo que hasta ahora solo había sentido, pero no podido nombrar.
El duelo tiene una paradoja:
“Broken am I, broken are you,
when broken together, we are each other’s glue.”Roto estoy yo, roto estás tú,
cuando estamos rotos juntos, nos convertimos en el sostén del otro.”
— Abhijit Naskar
Estamos rotos.
Sí.
Rotos por el amor que no desaparece,
pero ya no tiene el mismo lugar donde habitar.
Rotos por la ausencia que no se puede negociar.
Rotos por todo lo que quedó suspendido en el tiempo.
Pero cuando nos encontramos con otros que también están rotos…
algo empieza a sostenerse.
No se repara el dolor.
No se cierra la herida.
No se responde el “por qué”.
Pero aparece algo igual de importante: la posibilidad de no caer.
Nos convertimos, sin proponérnoslo, en el sostén del otro.
En una mirada que entiende sin explicar.
En una presencia que no exige.
En un silencio compartido que no incomoda.
En ese espacio…
el dolor sigue estando.
Pero ya no está solo.
Y eso cambia todo.
Porque el amor —el verdadero— no desaparece con la pérdida.
Se transforma.
Se expande.
Se vuelve más sutil, más invisible…
pero también más profundo.
Empieza a vivir en otras formas:
en una palabra,
en un gesto,
en un recuerdo,
en un encuentro.
Matías, sigues estando en cada una de estas piezas.
El amor sigue siendo hermoso… incluso en medio de lo roto.
En cada intento de reconstrucción.
En cada momento en el que el dolor se convierte, aunque sea un poco, en amor compartido.
Este espacio… este camino…
también es por ti.
Y si estás leyendo esto,
y sientes que estás roto o rota también…
no tienes que apurarte a sanar.
no tienes que entenderlo todo.
no tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Pero quizás…
solo quizás…
puedes permitirte no estar solo en esto.
Porque a veces,
cuando lo único que parece real es la fractura…
es justamente ahí,
cuando nos encontramos con otros,
que algo empieza —muy despacio— a sostenerse.
Gracias a las Fundaciones Tom Coughlin Jay Fund y New York Life, por crear estos espacios donde el dolor se puede compartir sin miedo, y donde, desde el amor, también comienza a transformarse.



❤️💙❤️