Cuando el cielo también celebra
Y por un instante parece acercarse un poco más a la tierra
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A veces creemos que los cumpleaños son solo celebraciones aquí en la tierra. Pero hay días en los que uno siente que el cielo también se acerca un poco más. Este 8 de marzo, mi cumpleaños, fue uno de esos días.
La noche anterior trabajé hasta casi medianoche. Llegué a casa… y algo muy curioso pasó. La jirafa de Matías —ese juguete que tantas veces había sonado fuerte— comenzó a sonar durante toda la noche. Pero no como siempre. Esta vez el sonido era pequeñito, suave, tierno… como un susurro.
Al despertar comenzaron las llamadas de cumpleaños. Mientras hablaba con mi tía y mi prima en Venezuela, algo extraño ocurrió: alguien golpeó su puerta dos veces. Ellas miraron. No había nadie.
Seguimos hablando y simplemente dijimos: bueno… una manifestación.
Puede haber sido mi abuela, que ya partió. Puede haber sido mi tío, que hace poco se fue también. O puede haber sido Matías. No siempre sabemos quién es, pero a veces el alma reconoce cuando el amor se hace presente.
Minutos más tarde hablé con mi hermana, mi cuñado y mis sobrinas. Estábamos los cuatro conversando —algo que no pasa tan seguido— cuando ocurrió algo muy curioso. En la cocina tenían un pequeño potecito con un trapito dentro. No había sol pegándole.
De repente… el trapo comenzó a quemarse. Con fuego.
Mi cuñado lo miró sorprendido y me dijo: “Mira lo que está pasando”. El fuego hizo un huequito perfecto, redondito.
Y todos nos quedamos en silencio. Sabíamos que era una manifestación celestial. Una señal más del cielo.
Y no pude evitar pensar en algo. A veces creemos que las manifestaciones de Dios o del cielo tienen que ser grandes, evidentes o espectaculares. Pero muchas veces llegan en detalles pequeños.
Un juguete que suena distinto.
Una puerta que se toca.
Una llama que aparece donde no debería.
Tal vez no siempre entendemos exactamente qué significan, pero el corazón… lo reconoce.
Y en esos momentos uno recuerda algo muy profundo: nuestros seres queridos no desaparecen del amor. Siguen celebrando con nosotros de otra manera. Siguen acompañando nuestros días importantes. Siguen recordándonos que el vínculo no se rompe. Solo se transforma.
Por eso cada vez estoy más convencida de algo: hay que vivir despiertos.
Despiertos para reconocer cuando Dios nos habla.
Despiertos para notar esos pequeños guiños del cielo.
Despiertos para entender que el amor no termina con la ausencia.
Porque la sanidad de Dios no siempre ocurre en el cuerpo. A veces ocurre en el corazón de quienes aprenden a amar incluso después de la ausencia.



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