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Hoy se cumplen tres años desde que Matías partió.
Tres años. A veces pronuncio esas palabras y me parecen enormes. Otras veces, en cambio, siento que fue ayer.
Durante estos tres años he aprendido que el dolor no se comporta como nos enseñan. No disminuye de una manera ordenada, no sigue una línea recta y no llega un día en el que uno se despierta y descubre que ya no duele. El dolor cambia.
Al principio puede ocuparlo todo. Después comienza a convivir con otras cosas: con el trabajo, con las conversaciones, con las risas, con los planes, con los días buenos y también con los días difíciles. Aprendes a vivir. Pero aprender a vivir no significa olvidar.
Y creo que esa es una de las cosas más difíciles de explicar cuando alguien no ha vivido una pérdida profunda. Puedes estar bien y extrañar al mismo tiempo. Puedes reírte y echarlo de menos. Puedes disfrutar de un día hermoso y, de repente, sentir ese pequeño vacío que te recuerda que falta alguien. Puedes hablar de él sin llorar y, otro día, llorar porque escuchaste una canción, viste un lugar o simplemente porque lo extrañaste.
Y nada de eso significa que hayas retrocedido. Significa que amas.
Durante mucho tiempo pensé que quizá el objetivo del duelo era llegar a un lugar en el que ya no doliera. Hoy pienso diferente. Quizás no se trata de que el dolor desaparezca, sino de aprender a hacerle un lugar dentro de nosotros. Integrarlo.
Porque integrar una pérdida no significa cerrar una puerta y dejar a la persona atrás. Significa aprender a vivir con una realidad que jamás hubiéramos escogido.
En este día tan especial fuimos a Central Park y nos sentamos en nuestro banquito frente al lago. A ese mismo lugar fuimos muchas veces los tres. Veníamos a mirar los gansos y los patos, a escuchar a los pajaritos y a disfrutar de esas hermosas ardillas que parecían formar parte de nuestros paseos.
Y hoy, como tantas otras veces, la naturaleza nos regaló pequeños encuentros que inevitablemente nos hicieron sentir un poquito más cerca de Matías.
Las ardillas que se acercaron a nosotros. Ese inmenso ganso que nadó desde lejos, atravesando todo el lago, hasta llegar justo frente a nuestro banquito. Se quedó allí y nos regaló una pequeña danza mientras sacudía sus plumas y se secaba. Después apareció aquel pequeño pato marrón, con unos toques de azul.
Sí, azul.
El azul de Matías.
Y justo antes de regresar a casa, apareció inesperadamente un pajarito.
Pequeños momentos. Pequeños encuentros. Quizás para alguien más no significarían nada. Para nosotros, significaron mucho.
Porque cuando amas a alguien que ya no puedes abrazar, comienzas a encontrarlo de otras maneras.
Quizás eso también es parte de lo que significa integrar el duelo. No dejar de sentir. No dejar de recordar. No dejar de amar. Sino aprender a llevar todo eso mientras seguimos viviendo.
Hoy, tres años después, sé que el tiempo no borra una ausencia. Lo que hace es enseñarnos a vivir con ella.
Y hay algo que también he aprendido: estar bien no significa que haya dejado de doler. Llorar no significa que no haya avanzado. Y extrañar profundamente a alguien no significa que no haya aprendido a vivir.
Significa que esa persona importó. Que importa. Y que siempre tendrá un lugar en nuestra historia.
Tres años después, sigo aprendiendo. Sigo siendo mamá. Y Matías sigue siendo mi hijo.
Aunque ya no pueda abrazarlo, aunque no pueda verlo crecer, aunque tenga que aprender a vivir en un mundo donde él no está físicamente, el amor no terminó cuando él partió. Solo tuvo que aprender otra forma de existir.
Y quizás eso sea lo que realmente significa el duelo: no olvidar a quien partió, sino aprender a vivir mientras seguimos amando a quien ya no podemos abrazar.
Tres años, Matías.
Tres años aprendiendo a vivir con tu ausencia.
Y tres años descubriendo que el amor puede encontrar caminos que el tiempo no puede borrar.


❤️💙❤️